
Me situaba en un lugar desconocido para mí(lugar, gente, lengua...), era como una niña insegura en su primer día de la escuela. Me posicioné en un punto donde podía observar todo mi al rededor sin ser observada, abrí los ojos de una manera que no pudiera perderme ningún detalle de ese nuevo mundo para mí.
Era de noche, no hacía frío ya que estábamos a comienzos de verano, creo recordar que no llevaba nada en especial, una camisa blanca con un dibujo infantil y unos vaqueros.
Como era “la nueva” me invitaron a jugar al baloncesto, creo que lo hicieron por mi cara de admiración como si nunca lo hubiera visto o jugado, aunque para mi era lo más normal del mundo.
La verdad es que entre mis cualidades no se encuentra la del baloncesto ni mucho menos pero acepté tímidamente y me dispuse a jugar.
Creo que entre las pocas veces que me pasaron el balón, nunca llegaría a pensar que una de ellas sería la que me marcaría hasta ahora.
Un chico rubio me paso el balón acompañado de la frase -pass the ball!- la agarré entre mis manos buscando con la mirada el punto exacto para lanzar sin ser cogida por los contrarios y de pronto, alguien interrumpió la jugada que iba a realizar gritando por detrás -you are so beautiful-.
Me giré sorprendida con el balón entre las manos y ahí estabas tú.